Aquella mañana, el primigenio paisaje del Macizo Guayanés, en especial el horizonte de la meseta del Sarisariñama, derrochaba un mágico esplendor, haciendo honor a su mística denominación aborigen: Morada de los dioses. El astro rey, que aún se hallaba lejos de alcanzar su punto más alto en la bóveda celeste, lucía radiante entre los blancos cirros que le acompañaban. En la planicie superior, el verdor de los árboles cubría el suelo como un tapete vegetal poco común en este tipo de formaciones rocosas.
Xamara respiró hondo, pero aun cuando el aire fresco llenó sus pulmones, no consiguió ocupar el vacío en el interior de su pecho. Percibía difusa la belleza del paisaje, como un cuadro detrás de un cristal empañado. Aun así, la imagen le hacía rememorar la última vez que visitó un tepuy similar; en esa oportunidad escaló hacia la cima en lugar de realizar un descenso como este. Pero no era la experiencia en sí lo que tanto añoraba, sino a quien la acompañaba entonces. El aroma selvático de la montaña no hacía más que alimentar esos recuerdos.
El aire en la cima era una amalgama de sensaciones contrapuestas. Pese a la altitud de la meseta, la humedad propia de la selva tropical se adhería a la piel como una indeseada membrana etérea. Los rayos de luz, filtrados por el tamiz de nubes que surcaban el cielo, bañaban la roca desnuda del acantilado, provocando un calor que contrastaba con la brisa fresca que fluía desde las profundidades de la fosa. No obstante, el equipo de montañistas contrarrestaba eficazmente la temperatura gracias a la vestimenta tecnológicamente avanzada que llevaba consigo.
Arián observó a Xamara de reojo. Ella parecía absorta en el paisaje, con la vista fija en el horizonte como si buscara algo más allá de las nubes. Pero él conocía aquel sutil gesto en su mirada: la forma en que sus párpados se mantenían entornados, ocultando parcialmente el tono grisáceo de sus ojos. Para los demás, solo estaba contemplando el panorama guayanés; para él, significaba una grieta en la máscara entusiasta que tapaba sus sentimientos, un indicio de la tristeza que le carcomía el corazón y que él había visto en acción tantas veces durante los últimos meses.
Como montañista experimentado, Arián había enfrentado con éxito numerosos desafíos de igual o mayor complejidad. Entre sus conquistas se encontraban accidentes geográficos mundialmente conocidos como el monolito granítico de El Capitán en Estados Unidos, el imponente Fitz Roy en la Patagonia, el estrecho Cañón del Sumidero en México y el majestuoso Salto Ángel en Venezuela. Sin embargo, esta vez sentía que se jugaba algo más que un récord deportivo. La mayor lucha, intuía, no sería contra la roca o el vacío, sino en el terreno sentimental.
Aunque su conducta proyectaba entusiasmo y determinación hacia el exterior, la sombra del temor se paseaba en lo más profundo de su ser. ¿Sería él suficiente? ¿Podría competir con el fantasma de un amor pasado, idealizado por la distancia y la tragedia? ¿Podría llenar el vacío de Xamara o estaba destinado a ser siempre un consuelo pasajero en la vida de su propia esposa? Especialmente ahora, en este lugar que parecía invocar fantasmas con tanta fuerza.
—¿Listos? —preguntó Xamara, tirando con fuerza del guante de su mano derecha como si intentara asegurarse de que nada pudiera salir mal—. No queremos sorpresas ahí abajo.
Su sonrisa transmitía seguridad y entusiasmo, pese a que internamente albergaba ansiedad e incertidumbre.
—¡Listísimo! —afirmó Elián con una sonrisa que le iluminaba el rostro—. Ya estoy impaciente por empezar. Vámonos ya, que se hace tarde. —Ajustó su arnés por tercera vez, asegurándose de que cada hebilla estuviera perfectamente cerrada.
—Afirmativo —replicó Leonel tajante, asintiendo con un movimiento breve y preciso de cabeza. Su voz era grave y su rostro lucía inexpresivo, como un soldado en formación, mientras sus ojos escrutaban el entorno con discreta intensidad.
—Kurius, ¿ya tienes todo preparado? —consultó Arián, lanzando una rápida mirada a Xamara para buscar su aprobación silenciosa antes de dar la orden definitiva.
—Todo correcto —confirmó Kurius con su voz sintetizada de tono monótono pero eficiente—. Ruta de rapel: óptima. Condición climática: favorable. Inventario de suministros: completo. Puntos de sujeción: verificados. Sistemas de navegación y comunicación: operativos. Podemos iniciar cuando lo deseen.
—Entonces, hagámoslo —indicó Arián tras recibir un gesto de aceptación de su mujer. Contuvo el aliento y se abalanzó sobre la orilla del cráter, lanzándose no solo al interior de la fosa, sino también a su propio averno personal.