La inmensidad del abismo Humboldt era abrumadora; sus visitantes parecían diminutos insectos posados al borde de un pozo interminable. Dos años atrás, el lugar había sido escenario de una trágica expedición: un cuarteto de investigadores entró en su boca, pero jamás salió de vuelta. Ahora era el turno de un nuevo grupo de exploradores que descendía a las profundidades del descomunal hueco en busca de respuestas, esperando esta vez regresar sano y salvo.
Tras retirarse los vehículos de transporte aéreo y los guías nativos que los llevaron hasta el lugar, los excursionistas se abrieron paso entre los grandes árboles y prepararon una transitoria base logística en la superficie desde la cual afrontarían el desafío. La agrupación se dividió en dos partes con la intención de bajar primero una fracción y luego la otra, reduciendo así los riesgos de hacerlo todos a la vez. Entonces el líder de la tropa dio el primer paso.
—¡Misión Cúspide, avancemos! —gritó Arián, haciendo resonar su voz en la vasta cavidad e intentando convencerse a sí mismo tanto como al resto del equipo—. ¡Entremos al ombligo del mundo!
Comenzó a rapelar, dejando caer su cuerpo para que fuese sostenido por la driza que unía el arnés de su pecho con la reunión de anclaje superior. Le siguió Xamara, que empezó a bajar poco después; el biólogo Edgar Páez hizo lo propio en simultáneo y finalmente se completó la avanzada inicial con el teniente Leonel Rivero, un efectivo militar perteneciente a la 42.ª Brigada de Infantería Paracaidista asignado como escolta por las autoridades nacionales. Arriba quedaba la otra mitad de los presentes, mientras la primera cuadrilla avanzaba hacia las mandíbulas del precipicio delineando el camino a seguir.
—¡Hey, perezosos! ¡No se tomen mucho tiempo bajando! —vociferó Gina desde lo alto, aferrándose con fuerza a una roca saliente en el borde de la sima—. Aquí arriba nos vamos a morir del aburrimiento… y bueno, la idea de tener que bajar a rescatarlos no me entusiasma demasiado.
—Habla por ti —señaló Gabriel en voz baja y tono sarcástico, dibujando una sonrisa burlona en sus labios mientras se estiraba relajado—. Yo voy a disfrutar por fin el paseo sin que Kurius esté grabando cada uno de mis movimientos. Ya era hora de tener un respiro.
—No te emociones tanto, Gabo —sugirió Jadier desde la carpa en la que se guarecía del sol, otorgándole un carácter satírico a sus palabras—. Aunque Kurius esté actuando como doble de riesgo, no olvides que seguimos siendo las estrellas del show; aún tenemos dos paparazzis voladores vigilándonos.
La vanguardia se deslizaba por la pendiente de la sima cual entidad unificada, tal como si el sistema de cuerdas fuera una extensión natural de sus cuerpos. Casi podrían rivalizar con la destreza y agilidad de un jaguar para subir por el tronco de un árbol. Eran sin duda los escaladores más experimentados del equipo, quienes, por su excelente estado físico y carácter disciplinado, ocupaban roles de liderazgo. Dada su condición atlética, no necesitaron el andamiaje mecatrónico que los otros consideraban imprescindible; preferían descender a la vieja usanza.
Aun así, ninguno de ellos escapaba al manto de la tecnología que los cobijaba. Como una segunda piel, la protección termorreguladora de las prendas que vestían se fijaba a sus cuerpos. El monitoreo constante de las pulseras biométricas registraba sus signos vitales, los intercomunicadores en sus oídos les permitían escucharse sin dificultad, y la realidad aumentada de sus gafas se encargaba de superponer información útil en cada uno de sus campos visuales individuales.
Aunque intentaran disimularlo, no eran solo escaladores en acción: eran también una suerte de vitrinas móviles para gadgets tecnológicos. Cada nueva excursión de Misión Cúspide constituía una sesión extrema de marketing online donde cada dispositivo utilizado era un producto promocionado. Paradójicamente, esa era la fuente de financiación perfecta que daba sustento económico a la siguiente odisea.
—¡Oigan… top models! —emitió Javier con voz sobreactuada, ejecutando una marcha en la que intentaba parodiar un desfile de modas—. ¿Ustedes también se sienten como anuncios ambulantes o soy el único que se ve como un patético modelo publicitario? —Levantó el brazo izquierdo, exhibiendo el brazalete digital que llevaba en su muñeca.
—Eres muy optimista. Conejillos de indias, diría yo —corrigió Gloria con su habitual tono mordaz—. O mejor dicho: chivos expiatorios. —Cruzó los brazos sobre el pecho tras ajustar sus lentes de sol—. En realidad somos la coartada perfecta. Si todo funciona bien, las marcas se llenan los bolsillos; pero si algo se tuerce… tienen a quién sacrificar en la hoguera pública. A nosotros, los “menos atletas”.
—¡Uff… no lo había visto así! —exclamó Gabriel con una risita corta y las cejas arqueadas—. Solo espero que no nos pidan hacer un unboxing en directo a mitad del descenso, o un tutorial de rápel patrocinado por “Cuerdas Spidey”.
Su broma, aunque absurda, logró arrancar carcajadas al resto.
Junto a las cuatro almas humanas bajaba Kurius, sincronizando sus pasos a los del grupo. Era la quinta presencia en la avanzada: un robot multipropósito modelo K-10S según el catálogo del fabricante. En la práctica, era mucho más que eso: camarógrafo omnipresente, director audiovisual, enlace de telecomunicaciones, guardián mecanizado y asistente personal inteligente. Tanto su perspectiva lógica y objetiva como su memoria digital imperturbable hacían un aporte invaluable a la expedición.
Sus sensores ópticos capturaban constantemente cada detalle del entorno en alta definición. Los drones que lo acompañaban servían de complemento a sus capacidades como extremidades inconexas que se extendían a considerable distancia para ejecutar sus órdenes con precisión. Con ellos su alcance se hacía mayor: podía realizar tomas aéreas desde ángulos improbables y manipular objetos sin trasladarse a su posición.
—¡Chicos…! ¡Momento selfie! —exclamó Gloria, llamando la atención con un gesto teatral—. ¡Con este traje parezco una auténtica superheroína! —Adoptó una pose digna de portada de cómic: brazo derecho extendido al cielo, codo izquierdo en ángulo, puños cerrados y la pierna derecha flexionada hasta la altura del pecho—. Solo me falta la capa… y cambiar el logo de “Misión Cúspide” por el de “Super Gloria”, ¿verdad?
Guiñó un ojo a la cámara que la filmaba con una sonrisa radiante. Su actitud contagió de inmediato al resto del equipo.
—Una diosa moderna, sin duda —consintió Javier con una sonrisa traviesa—. Pareces una figura de acción recién salida de la caja, una superheroína que protege los ecosistemas. Espera a que te pongas el exoesqueleto; así, además de belleza sobrehumana, tendrás superfuerza.
—¡Totalmente! Y con la superhabilidad de no sudar como pollo a la brasa —exclamó Gabriel riendo desde la sombra de un pequeño árbol—. Eso sin contar el sobrepeso que te da el exoesqueleto. Apuesto a que Kurius está extasiado pensando en la edición del video. Seguro que te pone efectos de rayos en los ojos y música de película épica de fondo.
—En realidad, ya estoy trabajando en la edición del metraje. Mi sistema operativo es multitarea; puedo hacerlo al mismo tiempo que ayudo en el descenso —reveló Kurius con serenidad a través del intercomunicador—. Del mismo modo, puedo escuchar todo lo que dicen sin descuidar el apoyo que presto al otro grupo. En cuanto a sus sugerencias, las tomaré en consideración; de hecho, ya estoy agregando los rayos y la música. Este clip se va a volver viral.