Zumbando y revoloteando, los drones rondaban a los participantes como un enjambre de abejas tecnológicas dispersas en torno a su colmena. Controladas en remoto, las cámaras aéreas enfocaban sus lentes sobre ellos y grababan en video las acciones individuales de cada uno durante el tramo inicial. Era una danza flotante destinada a la documentación audiovisual de la exploración.
Pero Kurius no era un mero instrumento técnico; era el alma encubierta del espectáculo, un actor esencial en la puesta en escena que se viralizaba en redes sociales después de cada aventura. Su composición híbrida —en parte metálica y en parte plástica—, sumada a su mentalidad analítica a medio camino entre la lógica algorítmica y la ocurrencia espontánea, constituía un factor de entretenimiento altamente apreciado por la audiencia. Un testimonio vívido de la fascinante alquimia entre tecnología y creatividad.
—Puedo detectar que allá arriba están más pendientes de las cámaras que del abismo —compartió Kurius con quienes estaban descendiendo, mientras la luz en la punta de su antena parpadeaba con ritmo frenético—. Acabo de silenciarlos en esta línea de comunicación.
—Muy bien —respondió Arturo con un suspiro de alivio que no alcanzaba a relajar la tensión de sus hombros—. Ábreles la línea solo si alguno necesita decirnos algo importante. Creo que se lo tomaron muy en serio cuando les dije que sin los patrocinios no estaríamos aquí.
—Cierto, pero ellos saben que durante el descenso debemos mantener la concentración —añadió Tamara con un rápido destello de desaprobación en los ojos, dirigido fugazmente hacia lo alto de la sima—. Dejemos que se ocupen del reality show; hagamos nosotros el trabajo duro.
—¡Así se habla! —contestó Edgar en tono desafiante, haciendo un gesto enérgico con las manos—. ¡Tomemos esa cornisa! Ya puedo escuchar cómo nos llama.
El destino inmediato al que se dirigían era la terraza suspendida a mitad del escarpado, donde estaba planeado que esperaran a sus compañeros para pernoctar juntos bajo la noche guayanesa, usando el balcón natural como refugio.
Bruno enfatizó, con la frente contraída y un tono de ligera alarma combinado con su peculiar acento carioca:
—Kurius, a interfaz em meu visor de hiper-realidade indica que já no tengo conexión auditiva com todos os nodos na rede. ¿Qué significa isso?
Parecía genuinamente preocupado.
—Significa que nos muteó para que no interrumpamos a los mayores —afirmó Gabriel inmediatamente con su sarcasmo habitual, pero esta vez con un toque de fastidio en la voz.
—Así es: procedimiento estándar de independización auditiva completado —confirmó Kurius—. Limité su comunicación exclusivamente al círculo que los rodea. De esa forma sus conversaciones ya no serán escuchadas por los que están bajando, a fin de no desconcentrarlos y evitar perturbar su rendimiento.
—Eu entendo —dijo Bruno en respuesta, relajando su expresión facial y asintiendo lentamente—. Eu pensei que solo nos escuchábamos entre los que estamos aquí arriba.
—Tranquilo, Jos, Kurius piensa en todo —dijo Gloria despreocupada, adentrándose en una carpa con gesto de desinterés—. Relájate y disfruta de las vistas. Si no fuera así no estaríamos bromeando tanto, pero tenemos que despejar la mente mientras ellos llegan al lugar donde haremos escala.
En la planicie del tepuy, el aire fresco y la conversación ligera se entrelazaban armoniosamente. Gloria Fernández y Javier Ordaz intercambiaban opiniones sobre las leyendas que les habían contado los nativos de la aldea más próxima, lugar que visitaron en los días previos. Una historia sobre el místico sonido Sari-Sari —un lamento espectral que, según contaban los indígenas, emanaba de la meseta cuando reclamaba las almas de los intrusos que se atreviesen a profanar su soledad— impresionó significativamente a la ecóloga y botánica. El geólogo, por su parte, aunque no descartó por completo la veracidad del relato, le restó importancia, asegurándole a su compañera que no había nada de qué preocuparse.
Para el físico Gabriel Gallardo, en cambio, no valía la pena gastar tiempo debatiendo sobre un cuento que le parecía absurdo; su escepticismo le hacía negar cualquier viso de realidad en ese tipo de mitos. Al escuchar la charla de sus colegas se limitaba a sonreír con una mueca condescendiente y mover la cabeza en señal de desacuerdo. De igual forma, el bioquímico Bruno Ferreira se mantenía al margen, aunque en su caso parecía distraído, con la mirada perdida en la lejanía. Sin embargo, sus ojos volvían continuamente a posarse en la boca del abismo, como si buscara respuestas en el vacío.
A diferencia de Gloria, Javier y Gabriel, el bioquímico brasileño no era un invitado recurrente ni mucho menos un miembro permanente de Misión Cúspide. No había compartido aventuras previas con la pareja líder, lo que lo convertía en el novato del equipo. Además, la barrera del lenguaje era un obstáculo evidente para la socialización. Sin embargo, la mayor causa de recelo hacia su persona era haber sido incluido en la expedición por imposición de la empresa patrocinadora del desafío.
Esto lo colocaba en una situación de aislamiento semejante a la del teniente Rivero, pues aunque nadie lo expresara abiertamente, la presencia de ambos era vista con notable reserva por el resto del grupo. Los dos eran ajenos al vínculo amistoso que unía a los demás; estaban marcados incluso de forma visual por los símbolos que decoraban sus prendas: el escudo de la Fuerza Armada Nacional y el logo de la multinacional farmacéutica Generexx Biotechnology.
Dicha corporación había proporcionado el financiamiento requerido para la travesía anterior, pero debido a la desaparición de sus participantes no obtuvo resultados investigativos satisfactorios. Esta vez debía asegurarse de obtener información veraz y contar in situ con ojos propios para conocer de primera mano cualquier estudio que se llevase a cabo. En ese sentido, los ejecutivos de la marca decidieron colocar dentro de la operación a alguien en quien pudieran confiar plenamente. Así, el reconocido fabricante de medicinas se ofreció a sufragar los gastos de la nueva odisea a cambio del cupo para uno de sus empleados de confianza.
—Doctor Bruno, está muy callado —inquirió Gloria, a quien solía referirse en secreto como “el octavo pasajero”, intentando integrarlo a la charla—. Por favor, siéntase en confianza, estamos todos juntos en esto. Díganos, ¿por qué aceptó venir? Entiendo que hace montañismo solo como pasatiempo, ¿no es así?
—Obrigado, Gloria. Na verdade lo dudé bastante antes de aceptar, pero me pareció la mejor forma de destacar na empresa y poder escalar posições —respondió Ferreira con sinceridad, aproximándose al lugar donde se encontraban los demás—. Mas, para ser honesto, a oportunidade de… observar los secretos de la sima… también pesou na minha decisão.
—Por supuesto que lo será —expresó Gloria, levantando la mano con la que sostenía el envase de agua mineral—. Al igual que tú, encuentro que la posibilidad de explorar y descubrir especies de flora ocultas para la ciencia es un aliciente irresistible.
—Como dijo ella, aquí todos somos parte del equipo —intervino Javier intentando sonar amable—. No queremos que te sientas incómodo; al contrario, esperamos que puedas integrarte lo mejor posible. ¿Cuáles son tus expectativas en este viaje?
—Eu sinceramente agradeço a você. Sé que mi presencia levanta sospechas por insistir Generexx en que yo viniese —manifestó Bruno pausadamente, aunque al pronunciar el nombre de la empresa sus ojos esquivaron fugazmente la mirada de Javier—. Eu só posso garantir que no soy un espía; soy apenas un observador.
El asentimiento de Gabriel fue mínimo, casi imperceptible: apenas un movimiento de cabeza que no disimulaba la duda en sus ojos. Gloria, en cambio, asintió con una sonrisa amable pero fugaz, un antifaz de cortesía que no disipaba la cautela en su mirada. El tono comprensivo de Bruno era un gesto positivo, pero insuficiente para disipar la incertidumbre que flotaba en el aire.
—Tienes razón: ese repentino interés en que estés dentro de la incursión nos resulta algo… sospechoso —confirmó Javier de forma relajada, aunque la intensidad de su mirada fija en Bruno delataba la cautela que sus palabras intentaban disimular—. Pensamos que podría haber algún secreto allí abajo del cual la empresa tiene conocimiento y no nos ha dicho nada, pero también entendemos que no puedas revelarlo por orden de tus jefes.
—Pode haver alguma verdade nisso —admitió Bruno con un gesto de resignación, aunque su sonrisa no terminaba de borrar una expresión indescifrable en sus ojos—. Eu realmente não sei. Eu mesmo gostaria de entender cuál es mi verdadero papel en esta aventura. No espero que crean, pero estoy tan intrigado como ustedes sobre lo que vamos a encontrar.