Más abajo, Tamara se escurría a rápel hundiéndose en las silenciosas entrañas del farallón. Su cuerpo actuaba por inercia, en piloto automático, mientras su mente ensimismada escudriñaba recuerdos y revivía anécdotas pasadas. De improviso, su conciencia pareció transportarla a otro momento, uno en el que su anterior pareja sentimental se hallaba a su lado; casi podía escuchar su voz con el soplo de la brisa. Escalaban juntos de nuevo el Monte Roraima, el tepuy más alto de todos. Fue justo ese día que, con el paraíso terrenal del Parque Nacional Canaima como testigo, se juraron amor eterno.

Aquel antiguo enamorado no era otro que Iván Marcano, el líder de la desaparecida expedición anterior, quien le había sido infiel provocando una amarga ruptura. Solo meses después ella contrajo matrimonio con quien había sido su asiduo pretendiente: Arturo Villarroel. Ahora era una mujer casada. No obstante, las cenizas del ayer ardían aún en el presente. No era fácil estar allí, pero lo hacía con la indeclinable voluntad de rescatar los restos mortales del hombre al que había amado. Necesitaba hacerlo para despedirse definitivamente.

Luego de un par de horas transcurridas sin novedad, Leonel, Edgar, Arturo y Tamara se aproximaban al saliente a mitad del abismo. Poco restaba para que completaran el primer tramo y pudieran ceder el turno de descenso a la siguiente escuadra. Todos estaban exhaustos, pero ninguno quería demostrar su cansancio ante los demás, en especial Tamara, que solía mostrarse siempre competitiva ante sus pares masculinos.

Una gota de sudor, tibia y salobre, serpenteaba entre las facciones de su rostro mientras en su pecho se hacía palpable la sincronía entre el latir de su corazón y la cadencia del descenso. Pese a la tecnología del traje, las condiciones eran extenuantes, algo ineludible cuando se cuelga de cuerdas y arneses balanceándose sobre el vacío. A escasa distancia de su posición, el risco más cercano mostraba una superficie rugosa, esculpida por la laboriosa erosión de millones de años. Con las manos enguantadas y firmemente sujetas a la soga que la sostenía, apoyó las botas sobre la pared y miró hacia abajo, intentando descubrir qué tanto faltaba para el descanso.

La abertura del sumidero se extendía en lo profundo como el gañote de un coloso, emergiendo de la tierra para engullir a quien osara perturbar su calma. Próximo a ella, Arturo la observaba y le dirigía una sonrisa: un gesto rápido y forzado antes de volver la mirada al vacío. En su mente un recuerdo persistía: ella le había asegurado que ya no sentía nada por su pareja anterior. Pero ahora, en su mirada, él podía leer un mensaje distinto, algo que ella intentaba ocultar tras su actitud optimista. Sabía que aún no superaba del todo a Marcano; quizá solo intentaba convencerse a sí misma de ello.

Desde su boda relámpago y posterior vida conyugal, Arturo le había dedicado la vida por entero, transformando cada viaje de su canal de alpinismo en una interminable luna de miel extrema, además de proveerle una vitrina para sus aspiraciones de estrella aventurera. Sin embargo, más allá de la adrenalina y la diversión pasajera que mostraba a diario en su faceta pública, en su vida privada solía aislarse, sumiéndose en episodios de depresión constantes que la mantenían ausente durante días. Él esperaba que esta expedición resultara en el cierre final de sus cabos sueltos sentimentales y el comienzo de una nueva etapa en la relación.

Mientras tanto, Edgar, que descendía a unos metros a la izquierda de ambos, observó un guijarro de coloración índigo translúcido, cual lágrima de un ser extraterrestre solidificada por el tiempo e incrustada en la pendiente. Por un instante creyó verlo emitir un fulgor hipnótico que capturó su atención. De pronto, un movimiento impreciso de su mano hizo que el sistema autobloqueante de la cuerda fallara: el mecanismo de seguridad diseñado para evitar caídas repentinas no se aplicó correctamente dada la distracción provocada por la extraña piedra.

—¡ME CAIGO! —gritó en un alarido de desesperación mientras intentaba detener la caída apretando con todas sus fuerzas la cuerda, que se deslizaba velozmente entre sus dedos, causándole quemaduras leves en las palmas.

—Edgar… —pronunció Arturo sorprendido. Volteó para dar instrucciones a Kurius, pero al notar que el robot ya estaba al tanto prefirió callar para no retrasar su accionar.

—¡Estoy a punto de caer! —gritó de nuevo al detenerse, con la voz temblorosa y la piel palidecida. El dispositivo descensor, aunque funcionaba, no era suficiente para detener la caída a falta del adecuado refuerzo de autobloqueo.

Casi instantáneamente, Kurius se puso en marcha. Sus sensores detectaron el problema antes de que el biólogo fuese capaz de expresarlo con palabras. Sabía que debía colocar un anclaje extra con urgencia para evitar que cayera al vacío.

—No se preocupe, doctor Páez, estoy en camino —dijo el androide en un tono calmado pero enérgico, casi como si disfrutara la oportunidad de demostrar su valía.

—Por favor… —se limitó a responder Edgar, mientras sus compañeros observaban en silencio con el corazón en la boca.

Parte de los drones que filmaban abandonaron esa labor y entraron en modo de emergencia para prestar auxilio. Volaron a toda prisa hacia la posición del biólogo, llegando a él incluso antes que el propio Kurius. El robot se desplazó a ritmo acelerado utilizando sus garras metálicas retráctiles para aferrarse a la pared de roca, generando en el proceso chirridos mecánicos al compás de sus movimientos.

De fondo, el leve susurro de la brisa al colarse entre las rendijas de la muralla acentuaba la atmósfera de tensión que mantenían los demás escaladores, incluidos quienes se asomaban desde la superficie del tepuy. Todos contenían el aliento como forma instintiva de intentar impedir que ocurriera lo peor.

—Quédese tranquilo, por favor —dijo Kurius con firmeza—. Su sistema autobloqueante no está correctamente instalado. Le ayudaré a solucionarlo, pero primero necesito asegurar su peso anclando su arnés a una cuerda de respaldo.

—Lo sé, ¡apúrate! —manifestó Edgar desesperado.

Un dron de mayor tamaño y versatilidad se dirigió hacia un punto despejado del muro y comenzó a perforar orificios en la roca con un taladro integrado para insertar rápidamente varios pernos, estableciendo un nuevo punto de anclaje. Este fijaba un mosquetón alterno al que se entrelazaría una cuerda con la que a su vez se enlazaría Edgar. De este modo, en caso de soltarse del agarre principal, el biólogo quedaría colgando de la nueva atadura.

—Doctor, suelte ligeramente la cuerda para que pueda ajustar el mosquetón —indicó Kurius ya frente a él, mientras colocaba una pinza sobre la driza para impedir que continuara deslizándose.

Aún temeroso, Edgar obedeció con movimientos lentos que abrieron el espacio necesario para que el androide corrigiera el problema. Tras fijar al arnés la cuerda de respaldo, colocó un nudo de seguridad adicional a la línea original, asegurando la pieza metálica para evitar que volviera a soltarse.

—Listo, está a salvo, doctor —dijo Kurius, mientras los demás miembros del equipo respiraban aliviados y comenzaban a aplaudir.

—Gracias… —pronunció Edgar y respiró profundo, sintiendo cómo un frío recorría su cuerpo. Estaba a salvo, pero el miedo aún no lo abandonaba; sus piernas temblorosas daban fe de ello.

—Por nada —respondió Kurius tras emitir un sonido que podía interpretarse como una risa amistosa—. Mi trabajo es asegurarme de que todos regresemos con historias que contar. Ahora tiene una, aunque imagino que es un poco más emocionante de lo que habría deseado.

—Sí, mucho más de lo que me gustaría —contestó Edgar sonriendo ligeramente.